Ley de Gresham

 

Según la wikipedia La Ley de Gresham se define como el principio según el cual, cuando en un país circulan simultáneamente dos tipos de monedas de curso legal, y una de ellas es considerada por el público como “buena” y la otra como “mala”, la moneda mala siempre expulsa del mercado a la buena. En definitiva, cuando es obligatorio aceptar la moneda por su valor facial, y el tipo de cambio se establece por ley, los consumidores prefieren ahorrar la buena y no utilizarla como medio de pago.Este enunciado es uno de los pilares de la economía de mercado. El hombre que llegó a tal conclusión fue sir Thomas Gresham. Gresham, importante financiero y mercader de su época, se dio cuenta de que, en todas las transacciones que llevaba a cabo, la gente prefería pagar con la moneda más débil del momento y ahorrar la más fuerte, para, llegado el caso, exportala o fundirla, pues tenía mayor valor como divisa o como metal en lingotes.

Durante la Guerra Civil Española las imprentas de billetes funcionaron a toda máquina,  especialmente en el bando republicano, y de forma aún más extendida en Catalunya. Se expandió el uso de papel moneda en primera instancia por la Generalitat de Catalunya y también la emitida localmente por los propios Ayuntamientos. A continuación podemos ver algunas imágenes de dichos billetes :

 

bitllet generalitat

 

bitllet llinars

 

 

 

Para ilustrar con algún ejemplo el funcionamiento de la Ley de Gresham me he permitido seleccionar unos pocos fragmentos de un interesante artículo  de D. Miguel Martorell Linares (UNED) titulado “Una guerra, dos pesetas”

“Deslindáronse, pues, los campos, y donde antes no había más que una moneda, nacieron dos comunidades de pagos distintas, dos pesetas diferentes, dos cambios exteriores dispares y dos poderes adquisitivos internos en completa divergencia”. Así explicaba José Larraz la quiebra de la unidad monetaria nacional durante la guerra civil, en el preámbulo de la Ley de bloqueo del 13 de octubre de 1938, concebida e impulsada desde el Servicio de Estudios del Banco de España en el bando franquista. Como no podía ser de otro modo, la fractura escindió las instituciones vinculadas a la política monetaria: dos casas de la moneda combatieron entre sí, dos Bancos de España compitieron en el extranjero por la captación de recursos. Al poco tiempo de empezar la guerra, cada bando negó validez a la moneda del otro: los franquistas rechazaron los billetes emitidos por la República después del 18 de julio, y marcaron con un sello los anteriores a dicha fecha; los republicanos, a su vez, prohibieron la tenencia de billetes sellados o emitidos por el Gobierno de Burgos. Y si las dos monedas enfrentadas apenas tenían que ver una con otra, ninguna de las dos recordaba, salvo en el nombre, a la peseta nacida en 1868. El sistema monetario bimetálico instaurado en el Sexenio Democrático, que ya había recibido un duro golpe con la suspensión de las acuñaciones de oro a principios del siglo XX, naufragó en medio del conflicto. La moneda de plata desapareció de la circulación, fue oficialmente proscrita en el bando republicano en febrero de 1938 y en la España franquista al acabar la guerra. También se esfumaron las piezas de bronce, muchas de ellas refundidas para fabricar municiones; otros materiales, como el hierro o el cartón, se erigieron en soportes monetarios. Pero, por encima de todo, el papel remplazó al metal, pues, como observaba Julio Carabias, quien fuera gobernador del Banco de España en 1931, “todas las guerras civiles se han costeado con papel moneda… supremo recurso financiero de las revoluciones”. La peseta, sentenció Carabias, “era, simplemente, un instrumento de cambio manipulado por los conductores de la guerra y al servicio de ella”

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“Una de las primeras consecuencias económicas de la guerra en la España republicana fue el atesoramiento de la moneda metálica. Pasara lo que pasara, el metal siempre conservaría su valor intrínseco y los ciudadanos se aprestaron a retenerlo para las emergencias. Primero desaparecieron las monedas de plata, pero pronto les siguieron las de cupro-níquel y bronce; muchas de estas últimas acabaron refundidas en las fábricas de municiones. A la desaparición de la moneda metálica contribuyó en buena medida un decreto del ministro de Hacienda Juan Negrín, del 13 de octubre de 1936, que facultó al gobierno para lanzar a la calle certificados de plata, unos billetes de 5 y 10 pesetas emitidos en 1935 por el Banco de España y el Ministerio de Hacienda que aún permanecían almacenados en los sótanos del banco. El gobierno llevaba ya tiempo pensando, argumentaba el preámbulo del decreto, en retirar “la moneda de plata de la Monarquía, sustituyéndola por otra cuyo nuevo cuño” que expresara “el ideal republicano”, pero por el momento se limitaba a lanzar “provisionalmente a la circulación” los certificados porque la Casa de la Moneda, cuya dirección se había trasladado a Valencia, no estaba operativa. Más allá de la retórica, Negrín quería que el Banco de España y el Estado retuvieran la mayor cantidad posible de moneda de plata y soltaran a cambio duros de papel. De ahí que dos decretos del 16 de enero y el 22 de febrero de 1937 ordenaran a los bancos, cajas de ahorro y dependencias estatales que realizaran en papel todos sus pagos. Negrín pretendía de este modo acrecentar las reservas de metal a disposición del gobierno, que estimaba necesarias para financiar la guerra. En un clima de incertidumbre ante el futuro, cuando el mero inicio de la contienda incitó al atesoramiento, el papel desplazó al metal de la circulación; conforme prescribe la Ley de Gresham, el público conservó las monedas y soltó los certificados…”

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“Oculta la plata menuda, volatilizada la calderilla, por debajo de los certificados de plata de cinco pesetas no circulaba ninguna otra moneda o billete. Soldados, funcionarios y trabajadores recibían su salario en duros de papel, pero poco podían consumir con ellos pues ningún establecimiento disponía de moneda pequeña para devolver el cambio: había dinero, pero apenas se podía gastar. Sólo se puede percibir la incidencia de este desastre en la vida cotidiana de la población si se considera que el precio de la mayoría de los artículos de consumo diario, en 1936, era inferior a cinco pesetas. Un kilo de pan costaba alrededor de 70 céntimos – igual que un litro de leche-, un kilo de patatas unos 30 céntimos, el litro de vino 25, y el de aceite, más caro, cerca de 2 pesetas. Con un duro se podían obtener cincuenta periódicos, que valían a 10 céntimos cada uno. El consumo en bares, cafés y tabernas, la compra de tabaco, eran casi imposibles, pues el precio de un café bordeaba los 20 céntimos y el paquete de tabaco de picadura oscilaba entre 20 y 50. “Es preciso terminar con esa angustia que supone tener dinero y no poder adquirir aquellas cosas que se precisan por falta de moneda fraccionaria”, clamó el diario Mundo Obrero. Unos versos del escritor libertario Antonio Agraz narran los avatares de la madre de un miliciano al recibir en Madrid el sueldo de su hijo en duros de papel. En estilo algo ramplón, el poema -que se titula Traiga usted dinero suelto- cuenta cómo la mujer no puede subir al tranvía porque no tiene moneda suelta, y el tendero le asegura “que no puede vender nada / si en la mano no le llevan / monedas de cobre o plata”. Al final, la madre ruega a su hijo que no le envíe más papel: “mándame perras si quedan… y si no, mándame plata

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“Si en muchos municipios y colectividades revolucionarias la emisión de moneda constituyó un acto de afirmación política, esta dimensión resultó aún más evidente en el caso de la Generalitat de Cataluña, que vio en la moneda un instrumento de construcción nacional. La Generalitat emitió sus propios billetes en virtud de un decreto del 21 de septiembre de 1936, que Josep Tarradellas, su consejero de Finanzas, justificó por la quiebra de la moneda estatal. Pero la resolución se enmarcó en el contexto de un conjunto de medidas dirigidas a capturar competencias estatales, entre las que destacaron, en el ámbito monetario, la intervención de lasdelegaciones del Banco de España y del Ministerio de Hacienda en Cataluña, así como la incautación de sus depósitos de oro y divisas. La serie de billetes de la Generalitat abarcó tres valores: 2,50, 5 y 10 pesetas. Fueron diseñados por el artista catalán noucentista Josep Obiols, ilustrador y muralista especializado en frescos religiosos, que trabajó durante la guerra al servicio del Comisariado de Propaganda de la Generalitat. En su anverso, común a los tres billetes, el escudo de Cataluña identifica el poder emisor, y una espiga y un martillo simbolizan el trabajo. Los reversos muestran alegorías de la industria, la pesca y la guerra, y una leyenda recuerda a los primeros billetes españoles, que durante buena parte del siglo XIX amenazaban al falsificador con la pena de muerte: “qualsevol intent de resistència o falsificació… serà castigat amb les màximes sancions aplicables en temps de guerra”. Los billetes, de curso forzoso, sólo eran válidos en Cataluña. La Generalitat fue la primera institución local que emitió billetes en territorio catalán; los municipales llegarían más tarde. La moneda regional no cubrió los valores inferiores a 2,50 pesetas y ello explica, en cierta medida, la eclosión de billetes locales menores en el Principado. En definitiva, como ya observó Sánchez Asiaín, Cataluña contó durante la guerra con un sistema monetario propio, distinto del nacional, articulado en tres tramos: los municipios emitieron los valores pequeños, desde los céntimos hasta las 2 pesetas; la Generalitat los valores intermedios, entre 2,50 a 10 pesetas, y los billetes ordinarios del Banco de España, entre 25 y 1.000 pesetas, formaban el estadio superior.”

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